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Bosques Latitud Cero 16(1): Enero - Junio, 2026
ISSNe: 2528-7818
Bosques Latitud Cero 16(1), 114-117. 2026
https://doi.org/10.54753/blc.v16i1.2602
Publicado por la Universidad Nacional de Loja,
bajo licencia Creative Commons 4.0
El Oso Andino: ciencia, mito y emblema de identidad
de la Universidad Nacional de Loja, Ecuador
The Andean Bear: science, myth, and an emblem of identity of the
Universidad Nacional de Loja, Ecuador
Nikolay Aguirre
CITIAB, Universidad Nacional de Loja.
nikolay.aguirre@gmail.com
Tania Salinas Ramos
Universidad Nacional de Loja
tania.salinas@unl.edu.ec
RESUMEN
El oso andino Tremarctos ornatus, único úrsido sudamericano, habita los Andes hace cinco millones de
años y su linaje habría ingresado al subcontinente en dos oleadas (Pleistoceno temprano y Holoceno).
Se distribuye a lo largo de los Andes orientales, con presencia conrmada en el Parque Nacional
Podocarpus (Loja – Zamora Chinchipe). Morfológicamente alcanza ~2 m de longitud, pelaje negro
denso, cuello corto y musculoso, orejas pequeñas y hocico pardo. Su sentido predominante es el olfato;
en etapas seniles presenta visión binocular con mayor profundidad de campo. Destaca la variabilidad
de manchas crema alrededor de ojos, mejillas, garganta y pecho, rasgos únicos por individuo que
permiten fotoidenticación. Su dieta incluye bromeliáceas (Puya spp.), conocida comúnmente como
“achupalla” y se reporta reproducción continua con posible sincronización estacional. Más allá de su
historia natural, el oso de anteojos es un importante símbolo biocultural: mediador entre naturaleza
sagrada y humanidad en narrativas andinas, incluso reconocido como “ancestro” por su bipedestación.
En Loja, su imagen articula pertenencia territorial y académico-deportiva: inspira la barra “La garra
del oso”, que es la mascota de la Universidad Nacional de Loja y protagoniza relatos locales (p. ej., la
leyenda del “estudioso universitario”) que integran ciencia, ética y formación, reforzando su valor para
la conservación con identidad.
Antecedentes cientícos
El oso andino Tremarctos ornatus ha poblado
América del Sur por más de cinco millones de
años (Burgos et al., 2014). Sin embargo, autores
como Rodríguez y Soibelzon (2011) expresan
que “América del Sur fue invadida al menos
dos veces por osos, la primera en el Pleistoceno
temprano y la segunda durante el Holoceno,
siendo el único Ursidae que habita América del
Sur actualmente. Los escenarios geográcos en los
que se ha asentado esta población corresponden,
según Camacaro y del Moral (2008), a los “Andes
orientales venezolanos, pasando por Colombia,
Ecuador, Perú, Bolivia hasta el noroeste argentino”.
Esta especie llega a medir hasta dos metros, su
pelaje es de un espléndido color negro, grueso y
abundante. En medio de su apariencia monumental
asoma un cuello corto y musculoso, también se
observa un par de orejas cortas y un hocico de
color pardo oscuro. Su visión no es su sentido
más destacado, como lo es su olfato. Stucchi y
Figueroa (2013) dan a conocer que el oso adulto
senil tiene una “visión binocular con mayor
profundidad de campo, lo que le permite establecer
distancias adecuadamente”. Esta característica le
ayuda a cazar con mayor facilidad. La visión de
los osos jóvenes está mayormente desarrollada en
los laterales, así detecta con precisión a predadores
y otros peligros.
NOTA CIENTÍFICA
RECIBIDO: 18/10/2025
ACEPTADO: 05/12/2025
PUBLICADO: 05/01/2026
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Más allá de estas características, lo que llama
la atención del oso andino es la coloración que
presenta alrededor de los ojos. Sandoval y Yánez
(2019) señalan que estas suelen ser “manchas
blancas o café claras alrededor de los ojos, que
pueden extenderse hasta la quijada, garganta y
pecho”. Para Peyton (1999), González-Maya et
al. (2017), Vela-Vargas et al. (2021), como se cit.
en Montoya-Osorio et al. (2025), “las manchas
color crema o blanca que poseen alrededor de los
ojos, mejillas, garganta y pecho […] son únicas
en cada individuo, por lo que pueden considerarse
homólogas a las huellas dactilares en los humanos”.
Las creencias señalan que debido a la densidad de
los territorios en los que habita el oso, la naturaleza
sabia le aclara el pelaje alrededor de los ojos,
como intentando obsequiarle un par de anteojos
para que lograra ver con mayor precisión. Por eso
al oso andino también lo conocen como el oso de
anteojos, y también le dicen achupallero, porque
entre sus platos preferidos está el corazón de la
achupalla (Puya spp.). Además, se dice que el oso
de anteojos se reproduce de forma continua durante
todo el año, y se especula que podría sincronizar
sus tiempos de gestación para adaptarse mejor a las
condiciones ambientales y llevar a cabo procesos
de crianza en épocas con abundancia de alimentos
(Montoya-Osorio et al., 2025).
A partir de los mitos que se han creado en torno
al oso andino, se precisa que este animal llegó a
este mundo para ser el equilibrio entre la fuerza
y la razón. A su vez, para ser mediador entre la
naturaleza sagrada y la humanidad (Camacaro
y Del Moral, 2008; Lanata, 2019). Además, las
comunidades indígenas han reconocido en el oso
un ancestro a raíz de la cualidad de caminar en dos
patas que este posee (Burgos et al., 2014).
En un contexto más cercano, el oso de anteojos
se ha convertido en una gura representativa
de la región, ya que habita entre otros lugares,
en el Parque Nacional Podocarpus y su zona de
amortiguamiento, el mismo que se encuentra
ubicado en el límite fronterizo de las provincias de
Loja y Zamora Chinchipe.
Por ser Loja uno de los escenarios geográcos donde
habita el oso de anteojos, este pasa a ser emblema
de los lojanos en el ámbito deportivo. En 1979 se
crea Liga Deportiva Universitaria de Loja, que nace
adscrita al primer centro de estudios superiores de
la región Sur del país, la Universidad Nacional
de Loja. En el seno de este equipo deportivo, el
oso de anteojos toma representatividad ya que
se convierte en el nombre de la barra brava del
equipo, la misma que se conoce como “La garra
del oso” con la consigna “un solo aliento, un solo
sentimiento, una sola garra. Por ti nacimos, por ti
moriremos, desde siempre y hasta siempre”.
Por todo lo que el oso de anteojos signica para
los lojanos, su imagen también se convierte en la
mascota de la Universidad Nacional de Loja, ya que
simboliza la fuerza, la valentía y la perseverancia
que caracterizan al Alma Máter de los lojanos.
MaNu: La leyenda del esTUdioso
universitario
Se dice que una vez, un niño había prometido a
su madre y a sí mismo ser el mejor en todo. Por
eso empezó a estudiar para dominar la ciencia.
Su madre le había dicho que también tiene que
aprender a ser buena persona, que todo debe
estar en equilibrio. El niño creció y se estaba
convirtiendo en un joven que olvidó su promesa.
Su ideal parecía fracturado, así como el corazón de
su madre, que cada vez veía lejos aquello que en
otro tiempo su hijo había anunciado.
Una noche mientras dormía, el ahora joven tuvo
un sueño. Sintió que una nariz fría le olfateaba
las manos y un leve gruñido le traía un recuerdo
lejano. Estas imágenes se conjugaban con la mirada
triste de su madre. El sueño era confuso, en él se
superponía en diferente orden la imagen de la madre,
la sensación del hocico y una promesa. Cuando el
joven despertó se incorporó y permaneció sentado
en su cama tratando de entender el sueño. Cuando
pensó en su madre todo se aclaró en su memoria.
De pequeño le había prometido ser el mejor y no
lo estoy cumpliendo, susurró. Con el dorso de su
mano limpió las lágrimas que brotaron de sus ojos.
Se levantó, pero el recuerdo de sus aspiraciones
truncadas lo acompañó toda la jornada.
Durante una temporada el sueño fue recurrente: un
hocico le olfateaba la mano. A veces eran gruñidos
los que se escurrían en el sopor de la noche, otras
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veces sentía que un pelaje tibio le acariciaba
los brazos. Constantemente estas sensaciones
estaban presentes en el sueño, pero lo que más lo
descolocaba era imaginar el rostro de su madre
cada vez más triste. Así transcurrieron los días
hasta contagiado de optimismo para trabajar por
ese sueño pueril que con tanta rmeza hace años
había manifestado. En medio de adversidades, que
a veces lo hacían dudar, empezó a estudiar en la
primera universidad de la región Sur del Ecuador.
Se dedicó a leer, a aprender, a investigar, y a
preguntar acerca de cómo funciona la naturaleza
y descubrir a ese misterioso personaje que salía
en sus sueños. Con ello, ese joven empezó a darle
forma y a guiarse por el anhelo que tenía desde la
infancia.
Para el unelino, nombre con el cual se identicaban
a los estudiantes de aquella universidad, el
bosque, la selva y las montañas se volvieron sus
lugares seguros. Cada vez salía a recorrer estos
ecosistemas, a colectar muestras, iba y venía
imbuido de una decisión inquebrantable. Quería
saber cuál era su alimento preferido para proteger
su hábitat. Quería conocerlo en su totalidad, saber
sus hábitos y su conducta. Por eso había empezado
a habitar asiduamente estos paisajes como si
fuera un oso de anteojos más. Se repetía para
mismo que para conocer al animal debía estudiar
los libros, pero también debía recoger indicios
para entenderlo casi por completo. Una mañana
de tantas avanzó por los caminos conocidos, se
internó entre el follaje de los matorrales y siguió
sin interrupción, procuraba hacer todo a tiempo,
ni en un segundo más ni en un segundo menos.
En esa experiencia, se sobresaltó cuando su bota
se hundió en excremento fresco de un oso, en ese
instante su corazón latió emocionado, sus ojos se
cubrieron de una telita de rocío, respiró hondo y
caminó sigiloso.
Estaba frente a lo que tantas veces se había
imaginado: el prodigioso, el inmenso, el negrísimo,
el majestuoso oso andino. El animal estaba con su
hocico pegado al sebo que un día antes le había
dejado. Se frotaba la nariz contra el follaje de los
arbustos y huicundos como si fueran una mano
inmensa que leyera sus poros. El joven lo miró
sin moverse y sin parpadear. El oso también miró
alrededor y sin más se fue en dirección opuesta.
El joven lentamente se aproximó al lugar que
antes estuvo lleno por la presencia del animal. Se
puso en cuclillas y acarició con su mano las hojas
donde aún estaba tibia la sombra de esa nariz, la
acarició y un escalofrío hizo que los vellos de
las extremidades se le erizaran. La sensación que
experimentó no era desconocida, antes ya había
sentido en la palma de su mano el hocico de un
oso.
Sonrió con los ojos humedecidos de alegría y supo
que su futuro estaba escrito desde su infancia.
Comprendió que lo que anunció cuando era niño,
y estuvo a punto de olvidar, se hizo realidad
porque el oso lo visitó en sueños para recordarle
que tenía una promesa que cumplir. Mientras
acariciaba la hoja donde quedó esculpida la nariz
del oso, el unelino recordó una antigua lectura en
la que se decía que los osos suben a los árboles
para alimentarse o descansar. Al subir doblaban
las ramas con su peso, lo que provocaba que estas
cayeran abriendo espacios por los que se ltraba
el agua y la luz. De esta manera era posible que
plantas que necesitaban de estos elementos
pudieran desarrollarse mejor. El joven pensó que el
oso había venido a sus sueños para romper ramas
que como obstáculos estaban en su cabeza y no le
permitían crecer ni orecer como todas las plantas
del bosque.
En algún lugar se divisa la imagen de un oso de
anteojos al que todos acuden para acariciar su nariz.
Algunas leyendas dicen que esa es la parte más
sensible del animal y al parecer es verdad. Una vez
un muchacho frotó la nariz de un oso de anteojos
y sintió que el equilibrio que necesitaba para ser
excelente y bueno lo acompañó para siempre. Se
dice que este joven había prometido ser el mejor y
que cuando estuvo a punto de olvidar su promesa
el oso se le aparecía en los sueños para recordarle
aquello que estaba pendiente. Gracias a ello dedicó
su vida a estudiar las ciencias naturales y sus
hallazgos reposan en museos de historia natural
en distintos lugares del mundo. Es evidente que,
al igual que ese joven, al acariciar la nariz del oso
se comprende que no basta con dominar la ciencia;
también es necesario cultivar la fuerza interna para
orecer y ser feliz.
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