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Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026
ISSN: 2602-8174
María Teresa Arteaga - Fabricio Quichimbo
La salud y la enfermedad: Una mirada desde los testamentos de mujeres y su representación en
la Literatura costumbrista en Cuenca-Ecuador (1860-1900)
Health and disease: A view from women's wills and their representation in traditional Literature
in Cuenca (1860-1900)
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RESUMENRESUMEN ABSTRACTABSTRACT
Este es artículo es un estudio histórico sobre cómo
vivieron las cuencanas la enfermedad de sus cuerpos y
cómo es manifestada en su postrera voluntad en Cuenca
(1860-1900). Para ello se recurrió al método histórico,
desde la perspectiva de la vida cotidiana y el cuerpo,
como objeto histórico, con base en 44 testamentos que
reposan en el Archivo Nacional de Historia de Cuenca-
Ecuador, y al alisis de contenido de textos literarios
costumbristas, que completaron las representaciones
sobre la enfermedad en la decimonónica sociedad
cuencana. Como resultados se observa que la enfermedad
es algo que se vive y que se acepta, que forma parte del
diario vivir, en donde se hacen necesarios recursos,
acciones y personas, pero que se materializa en niveles,
generalidades y que es nombrada solo cuando impide
algo especíco con relación al acto testamentario.
Palabras clave: enfermedad, mujeres, testamentos,
Cuenca-Ecuador, siglo XIX, literatura costumbrista
is article is a historical study of how women in
Cuenca experienced illness in their bodies and how
this is manifested in their last wills and testaments
in Cuenca (1860-1900). To this end, the historical
method was used, from the perspective of everyday
life and the body as a historical object, based on 44
wills held in the National History Archive of Cuenca,
Ecuador, and the content analysis of literary texts
on customs, which completed the representations
of illness in nineteenth-century Cuenca society.
e results show that illness is something that is
experienced and accepted, that it is part of daily life,
where resources, actions, and people are necessary,
but that it materializes in levels and generalities
and is only mentioned when it prevents something
specic in relation to the act of making a will.
Keywords: illness, women, wills, Cuenca-Ecuador,
19th century, costumbrista literature
Health and disease: A view from women's wills and their representation in traditional
Literature in Cuenca (1860-1900)
La salud y la enfermedad: Una mirada desde los testamentos de mujeres y su representación en
la Literatura costumbrista en Cuenca-Ecuador (1860-1900)
RECIBIDO: 11/08/2025 ACEPTADO: 19/11/2025
Maa Teresa Arteaga
https://orcid.org/0000-0001-6654-9352
Grupo de Investigación en Estudios
Interculturales, Ecuador
Universidad de Cuenca, Ecuador
mariateresarteagauquilla@gmail.com
DOI: https://doi.org/10.54753/eac.v15i1.2553
Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026
ISSN: 2602-8174
Fabricio Quichimbo
https://orcid.org/0000-0001-7066-5655
Grupo de Investigación en Interculturalización,
diversidad cultural y lingüística y formación de
nuevas ciudadanías, Ecuador
Universidad Nacional de Educación, Ecuador
fausto.quichimbo@unae.edu.ec
Declaración de autoría: Los dos autores contribuyeron equitativamente en todas las actividades que posibilitaron
la publicación de esta investigación.
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Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026
ISSN: 2602-8174
INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN
Los testamentos han sido profundamente
estudiados en diferentes temporalidades (época
colonial y república) y contextos (Real Audiencia
de Quito y Ecuador). Esto ha sido posible dado
que quienes otorgaban, muestran una pequeña
autobiografía, en donde, “se revela la clase de
vida, relaciones familiares y sociales de quien testa
(Dueñas, 2013, p. 148). En este sentido, se presentan
como un “resumen de la vida” (Ponce 2011) de los
testadores, de sus comportamientos, elecciones y
decisiones. En consecuencia, las posibilidades de
lecturas de estos documentos notariales son diversas,
y hacen evidentes sentidos y usos que van más allá de
lo normado; es decir, no solo cumplen con las normas
jurídicas y formales establecidas, sino también
revelan signicados, prácticas, entre otros; así, testar
ha sido resignicado como un “acto liberador […]
[pues] permitía liberarse de secretos y sentimientos
mantenidos ocultos durante la vida” (Rojas, 2005, pp.
188-189).
Esta amplitud interpretativa cuya lectura ha
sido la base de diferentes estudios históricos y sociales
en el contexto ecuatoriano, permite indagar prácticas
culturales, dinámicas familiares y las concepciones
sobre propiedad y herencia. Por ejemplo, se pueden
observar los rituales de muerte y la elección de la
sepultura (Ariès, 2000), la circulación del crédito en
la economía colonial (Dueñas, 2013) y republicana,
los rituales de socialización (Zárate 2005), los lugares
de sepultura (Béligand, 2007), los benecios y los
privilegios de pertenecer a cofradías (De Luca, 2009),
la distribución de los bienes (Del Valle, 2013), las
preferencias en entre los herederos (Arteaga, 2017),
entre otros.
Números son los estudios con base
documental, cuyas fuentes se remontan a la Real
Audiencia de Quito donde resaltan estudios sobre
las mujeres indígenas de la élite de la capital quiteña
(Salomon, 1998). En cambio, para los siglos XV y XVI,
en la región andina, conchas, collares de conchas y
espejos de indígenas se presentan como símbolos de
poder de las cacicas, de ahí que su transmisión haya
permitido “sellar y fortalecer vínculos de parentesco
(Caillavet, 2008). Para el siglo XVII, se estudian tres
documentos. En primer lugar, el testamento de Pedro
Milachami, un curaca cañari, quien rearma su poder
a través de la indumentaria (Arellano y Meyers, 1998).
En segundo lugar, a mediados de siglo, se muestra a
quienes residieron en Quito y cuál era la visión que
tenían de la muerte (Sevilla, 2003). Finalmente, es
posible conocer las dinámicas sociales de los indígenas
quiteños, que son de origen económico, familiar —
ayuda mutua, clientelismo y sometimiento– y no
consanguíneo –“amistad, clientelismos, ayuda y
vecindad”— (Ciriza, 2017). Para el siglo XVIII, en
la sociedad rural de Otavalo, estos manuscritos se
inscriben en un sentido religioso para la salvación del
alma, pues incluso quienes no poseían un patrimonio,
testaron (Lebret, 1981).
Para el caso concreto de la Cuenca colonial “se
registraban declaraciones hechas por el interesado,
y cartas de compra-venta, que contienen “los datos
objetivos” que implica una operación económica
(Poloni, 2006, p. 156). Se expone, de esta forma, la
dinámica y la movilidad de los indígenas –artesanos
y caciques, cholos y mestizos– del corregimiento
de Cuenca. Por otra parte, se evidencian relaciones
y vínculos establecidos, en donde se muestra una
diferencia en el comportamiento entre hombres
y mujeres. Es decir, las alianzas matrimoniales de
los hombres indígenas estaban “más replegadas a la
esfera indígena, es decir, signicaba que tendían a
casarse dentro de su mismo grupo étnico y social;
mientras que las de las mujeres de la nobleza indígena
se caracterizan por una “doble exogamia: fuera de la
categoría étnica y de su grupo social” (Poloni, 2006,
p. 349). Incluso en la elección del albacea es más
notorio “el papel de la mujer indígena como actriz del
mestizaje y promotora de la movilidad, en tanto que
el hombre permanecía más anclado a una esfera social
más tradicional” (Poloni, 2006, p. 355). Además,
se han estudiado casos particulares de indígenas de
la élite como Joan Chapa y Magdalena Caroayauchi
(Arteaga, 1996).
En denitiva, en los testamentos se plasman
los deseos nales o las voluntades que, para la época de
estudio, están regidas por el Código Civil ecuatoriano
(1889). De acuerdo con sus diferentes cláusulas se
124
puede analizar diversos aspectos de la cotidianeidad
de una sociedad: lugar de residencia, grupo etario,
origen familiar y étnico, salud, prácticas religiosas,
funerales y entierro, estado civil, hijos, bienes muebles
e inmuebles, relaciones sociales, la función del albacea
y los testigos, etc. (Arteaga, 2017). No obstante, el
presente estudio se concentrará en la percepción de
los cuerpos enfermos, por un lado, de 44 testamentos
ordinarios de mujeres de la ciudad de Cuenca entre
1860-1900 cuando se produjo un cambio signicativo,
pues la ciudad se vinculó al mercado internacional
con la exportación del sombrero de paja toquilla; y
por otro, en la representación de la enfermedad en la
literatura costumbrista, como Entre el amor y el deber:
Escenas de la campaña de 1882-1883 en el Ecuador de
Teólo Pozo (1886); Un matrimonio inconveniente
de Juan León Mera (1894); Amar con desobediencia.
Novela original de Quintiliano Sánchez (1905); Para
matar el gusano de José Rafael Bustamante (1915) y
Los idrovos de Carlos Aguilar Vázquez (1942).
Los estudios sobre la sociedad cuencana del
siglo XIX han abordado aspectos diversos, como la
indumentaria, representaciones de la muerte, alianzas
matrimoniales, entre otras; ofreciendo valiosas
perspectivas sobre la cultura material y las dinámicas
sociales. No obstante, estas investigaciones han
dejado en un segundo plano la dimensión corporal y
las concepciones sobre la enfermedad, especialmente
con relación a las mujeres. Asimismo, la literatura
costumbrista de la época resignica esta realidad,
la cual permite comprender cómo se construyó los
imaginarios de enfermedad en la sociedad cuencana.
Desde una historiografía de las mujeres, analizar la
representación de la salud y la enfermedad resulta
fundamental para comprender intersecciones entre
género, cultura y prácticas sanitarias marcado por un
contexto de trasformaciones políticas, económicas y
sociales.
Este artículo combina dos enfoques
metodológicos complementarios. Por un lado, se
recurre al método histórico en cuanto a la crítica de
fuentes, concretamente los testamentos; que permiten
reconstruir prácticas sociales y representaciones
culturales. Por otor lado, se apoya en el análisis de
contenido a la literatura, con el n de identicar
cómo las narrativas ccionales elaboran realidades
que permiten ampliar la comprensión del contexto
histórico, que muchas veces no se consideran en los
protocolos notariales.
En este orden de ideas, los nombres y
las acciones consignados en los testamentos, se
convierten en elementos clave para el análisis. Como
señala Ginzburg (2010), “lo que el historiador toma
en consideración son las acciones, públicas y privadas,
y por ende ineludiblemente los nombres de quienes la
efectuaron […] El nombre –vale decir, el dato que es
la espina dorsal del género analístico–” (p. 35), que se
encuentra inscrito en los testamentos, los cuentos y las
novelas. En otras palabras, se destaca la importancia
de rastrear identidades y vínculos en ambos tipos de
fuentes, para comprender las dinámicas sociales y
culturales, que atraviesa la representación de la salud
y enfermedad en la Cuenca decimonónica.
Ahora bien, ¿por qué estudiar testamentos
solo de mujeres? La elección se sustentó en que
tradicionalmente a las mujeres se han asignado roles a
partir de una denición biológica, a esto se ha sumado
una subordinación de tipo social, legal, médica, entre
otras. En consecuencia, su accionar, a lo largo de la
historia, ha sido mirado y situado desde lo privado,
cubierto por un velo de invisibilidad autoimpuesto,
pues muchas veces “ellas mismas destruyen, borran
sus huellas porque creen que esos rastros no tienen
interés. Después de todo, solo son mujeres, cuya vida
cuenta poco” (Perrot, 2008, p. 19). Sin embargo, su
innegable presencia en la Historia ha permitido la
construcción de una Historiografía de las mujeres; pues
ellas son “sujetos activos de la historia” (Scott, 2000, p.
36), que deben ser comprendidos y analizados desde
su particularidad (Arteaga, 2017). En este sentido,
se revisaron 44 testamento redactados en las cuatro
últimas décadas del siglo XIX, los cuales reposan en el
archivo de la ciudad de Cuenca, Ecuador. En la tabla
siguiente se enumeran los testamentarios.
Arteaga, M. T. y Quichimbo, F. Rev. Educ. Art. y Com. Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026: 121 - 131
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ISSN: 2602-8174
Tabla 1
Testadoras del estudio (1860-1900)
Nota. Archivo Nacional de Historia de Cuenca. Fondo
Notarías. Libro 669, 12-I, 597, 299.
Alegría Salazar y Ordóñez Manuela Ortega
Antonia Hermida y Prado Manuela Rodas
Aurelia Rendón Manuela Rodríguez
Bernandina Sánchez Manuela Tenecora
Carmen Correa María Asunción Torres
Concepción Díaz María Carchipulla
Dolores Aguilar Días María Carmen Durán
Dolores Vintimilla María Manuela Murillo
Dominga García María Natividad Morocho
Gertrudis Rivera María Natividad Tigsi y
squez
Gregoria Navarro María Petrona Coronel
Ignacia Ledesma Mercedes Astudillo
Inocencia Mejía Mercedes Larrea
Isabel Reyes Mercedes Megía
Josefa Aguilar Mercedes Sánchez
Josefa Castro Mercedes Zhagui
Josefa Vázquez Narcisa Granda
Luz Andrade Rosa Ana Inostroza
Manuela Carpio Rosa Galarza
Manuela Castro Teresa Cabera
Manuela Merchán Tomasa Jaramillo y Peña-
el
Manuela Ochoa Merchán Vicenta Tapia
RESULTADOSRESULTADOS
Nombrar la enfermedad de los cuerpos: economía
familiar y cuidado
La viruela, el sarampión, la ebre amarilla
y el cólera fueron las “maldiciones del siglo XIX.
El cólera lo padecían principalmente en los puertos
y luego las urbes. La ebre amarilla apareció en el
Caribe; en cambio, la viruela y el sarampión eran los
padecimientos de la población rural. Además, las
infecciones pulmonares, intestinales o parasitarias no
eran sucesos extraños en la época (Sánchez, 1992).
En consecuencia, la sociedad promulgaba una serie
de prácticas, públicas y privadas, para evitar las
enfermedades; así, por ejemplo, a nivel personal, se
daba un especial cuidado a la ropa blanca. Esta, en
general, se presentó como símbolo limpieza y más
aún la ropa interior como la lencería y la ropa para la
cama. En Para matar el gusano (1915) de José Rafael
Bustamante se lee:
En un periquete estuvo él en pie, y saludó
y pidió la bendición a la autora de sus días,
quien después de dársela con amoroso y tierno
acento, le mostró una muda nueva de ropa
blanca que le había comprado para que llevase
a la hacienda, a n de que aquella familia
rica no tuviese nada que decir y notase que
también los pobres suelen mudarse siquiera
cada ocho días y vivir con aseo (2003, p. 63).
En la primera etapa del siglo XIX, en Cuenca se
dieron epidemias de sarampión y viruela, disentería e
inamaciones que aquejarían a la población a lo largo
del siglo. Así, por las condiciones muchas personas
perecieron con disentería, pues en el presente año
[1838] la mortalidad ha sido considerable con la
desoladora epidemia de viruela, que ha diezmado la
población en todas las parroquias. Sin duda, a pesar
del informe del Gobernador que habla de “todas las
parroquias, esta peste tiene que haber sido muy fuerte
en la ciudad por la concentración de la población y las
pésimas condiciones sanitarias en las que se vive allí
durante todo el siglo XIX (Palomeque, 1990, p. 101).
Las aguas servidas cruzaban por la ciudad y, el agua
para el consumo provenía de pozos y aljibes. Por otro
lado, los desechos se transportaban por las conocidas
secretas (acequias). Las velas de sebo, parana y
mecheros daban luz a las casas, y los faroles, a las
calles, que era prendido por obligación ciudadana
luego de las cinco de la tarde después del pitido de los
vigilantes municipales (Jaramillo, 2004). Pese a que en
1890 se creó un acueducto y una pila, los problemas
continuaron, pues el agua llegaba sucia por los
desechos de casas particulares, tintorerías, curtidurías,
animales muertos, lavanderías (Palomeque, 1990).
Solo a medida que avanzaba el siglo XX, cambió el
panorama con la instalación de la electricidad, el agua
potable, la telefonía y la salubridad.
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Antes de estos cambios, frente a los problemas
de salud, los cabildos controlaban las actividades
públicas. Por ejemplo, Quito tenía políticas higienistas
desde las reformas borbónicas para el “control de
lázaros, de los locos que deambulan por la ciudad, a
como para el cuidado de las acequias, quebradas, calles,
plazas, edicaciones públicas, mercados, pesebreras,
carnicerías” (Kingman, 2006, p. 277). Mediante estas
políticas se conoció, que la lepra era una enfermedad
que persistió en el siglo XIX y principios del XX. El
municipio de Cuenca, por su parte, estaba a cargo de
la limpieza de las acequias y del orden de los mercados.
Por ejemplo, para el mercado de San Francisco, que
cada vez tomaba más importancia, se pidió que:
se centralice la venta de carne en la plazuela
de San Francisco a consecuencia de que en
otras localidades no había consumo alguno
del mencionado artículo para lo cual deben
establecerse toldas que impidan que el calor y
la lluvia dañen la carne; y para que se guarden
los enseres indispensables para el expendio
de ésta se arriende solamente la localidad
(Arteaga, 2010, pp. 183-184).
Ahora bien, ¿cómo se reeja la salud y la
enfermedad en los testamentos? En primer lugar, la
enfermedad del cuerpo no implica la enfermedad
mental, así en el testamento de Manuela Merchán,
el escribano arma: “la señora testadora se halla en
uso perfecto de su razón, a pesar de su enfermedad
(ANH/C, Libro 595, folios 253-256v). De ahí que
se deba hacer una distinción entre: la salud mental
y la salud física. En este contexto, se asume que las
otorgantes estaban en su sano juicio, por lo que esta
cláusula prácticamente desaparece o la encontramos al
nal, como en el caso de Dominga García que después
del nombramiento del albacea se lee: “la testadora se
halla, al parecer, en su sano juicio y que dispuso por
sí misma este testamento” (ANH/C, Libro 597, folios
221v-222).
De los manuscritos estudiados solo en 6 se
encuentra la alusión al sano juicio: “hallándome
enferma del cuerpo, aunque no de gravedad, pero en
mi juicio, “enferma en cama pero en mi sano juicio,
en mi sano y entero juicio. En otras palabras, este
requisito para testar se daba por sentado y no admitía
dudas. Solo si una testadora se encontraba en su
sano y entero juicio, el testamento manifestaba su
voluntad –como acto de libertad del ejercicio de sus
deseos materiales, emocionales y espirituales–, que se
hacía evidente en la distribución y la administración
de los bienes, el reconocimiento de hijos ilegítimos,
la disposición del cadáver, entre otros. De este modo,
Josefa Vázquez expresa: “nombro de curador de ella
[su nieta] al señor doctor Luis Antonio Loyola, pues
que es mi voluntad prohibir como prohíbo que el señor
Benigno Córdova, padre de la asignataria, administre
los bienes” (ANH/C, Libro 12-I, folios 381-383v),
igual situación se da con Manuela Castro.
Ahora bien, es importante conocer cómo
reaccionaban frente a la enfermedad física, cómo
la vivían. En primer lugar, los padecimientos del
cuerpo suponían un problema pues, para ello, la
econoa del hogar debía ser reevaluada. Así, existen
algunas otorgantes que señalan que han tenido que
vender o poner en prenda algún bien para cubrir
los padecimientos de su esposo, hijos e incluso
ellas mismas. Dolores Aguilar Días comenta: “mi
presente esposo no introdujo a nuestro matrimonio
un solo centavo, y por el contrario he tenido que
invertir algunas sumas en dinero y alhajas en sus
enfermedades” (ANH/C, Libro 597, folios 261v-263),
lo mismo sucedió con Tomasa Jaramillo y Peñael,
Rosa Galarza y Manuela Merchán. Esta situación
también se representa en la literatura, lo que nos
informa que este actuar era parte de la vida cotidiana.
En la novela Para matar el gusano se narra:
Y a Roberto se le sublevaba el alma al pensar
en que podía llegar el momento de trasladar
a la enferma al Hospital! Vendió muebles, se
anduvo de casa en casa donde su madre cosía
solicitando pequeños anticipos, se buscó
ocupaciones por escribanías y despachos
de abogados, escribió cartas a las personas
pudientes, y en suma hizo cuanto pudo para
allegar dinero y atender debidamente a la
enferma (Bustamante, 2003, p. 212).
La curación de una enfermedad, en
consecuencia, dependía de la economía. También del
cuidado y las atenciones físicas y espirituales que debe
recibir el enfermo. En la postrera voluntad de Rosa
Arteaga, M. T. y Quichimbo, F. Rev. Educ. Art. y Com. Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026: 121 - 131
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Ana Inostroza consta: “a Natividad Juca [sirvienta]
se le indenmize (sic) por los servicios que me ha
prestado en esta mi enfermedad” (ANH/C, Libro
12-I, folios 34-35v). Incluso se podría pensar que los
reconocimientos de hijos naturales, las donaciones, los
legados especiales con el tercio y quinto de mejoras,
podrían ser una suerte de contrato, de garantía para el
cuidado. Mientras que en Para matar el gusano se lee:
No cesaban de ir a la enferma los sacerdotes
llevados por la beata. Y era lúgubre el continuo
deslar de aquellas guras negras que, a la
vez, llenaban de pavor y amargura el corazón
y vertían sobre él misterio beleño. Hablaban
a la moribunda de la otra vida, del cielo, de
la bienaventuranza, del Dios misericordioso;
habla dulce y consoladora que en tan penosos
instantes infunden en las almas la esperanza
de que la separación no será eterna, que los
seres que se aman habrán de encontrarse de
nuevo, que la muerte no será sino un “hasta
luego, que allá en el misterioso regazo de
la eternidad nos espera la dicha, la dicha
inmortal (Bustamante, 2003, p. 217)
Otra forma de vivir la enfermedad cruza por
el lenguaje, es decir, cómo se la nombra. Aquí vemos
que son más comunes las alusiones generales, como
curación de males”, “enfermedades, “achaques. Las
personas y los personajes de cción enferman sin
explicación ni mayores detalles; es decir, se conoce
la enfermedad, se la sufre, pero no se la nombra. En
Entre el amory eldeber: Escenas de la campaña de
1882 y 1883 (1886) de Teólo Pozo se lee: “había
comprendido que la joven estaba atacada por una
violenta ebre” (1986, p. 91) y posteriormente
muere. Igual cosa sucede en Amar con desobediencia:
Condújome, pues, hasta el lecho de la enferma, y
cuando llegamos allá, hora muy avanzada la noche,
y Margarita estaba sumamente debilitada y quejosa
(Sánchez, 1905, p. 586). Esta generalización de la
enfermedad está en relación con el propio desarrollo
médico y cientíco de la ciudad, en donde las visitas
a los médicos y los hospitales aún no era parte de la
cotidianeidad, más aún a nales de siglo. En 1894,
Pío Bravo y Juan Bautista Vázquez presentaron
un informe a la Gobernación de la provincia en el
que pedían que la población debía dejar de hacerse
atender por el indígena Vicente Fáres, “quien no sabe
leer” (Achig, 2007, p. 57).
A inicios del siglo XIX y, en el contexto de las
guerras de independencia, el Hospital de la Caridad
a cargo de los betlemitas fue importante, debido a
que fue uno de los pocos espacios organizados para
la atención medica de la región; sin embargo, por
falta de mantenimiento y tras la muerte del prefecto
fue destruido. En 1837 la situación mejoró con
la creación de la cátedra de Medicina del Colegio
Seminario. De este modo, comenzaron los estudios de
Anatomía general y descriptiva. Fisiología, Botánica,
Química e Higiene” (Achig, 2007, p. 52). Desde
1959 la señora Manuela Murillo estuvo a cargo de la
Obstetricia dentro y fuera del hospital. A inicios de
1872 se terminó de construir el Hospital San Vicente
de Paúl, que para abastecerse de medicina tuvo que
pedir apoyo principalmente a Europa. Además, se
contaba con la casa de Lázaros en Perezpata, y otra en
Machángara. A esto se debe agregar que la presencia
de la Corporación Universitaria del Azuay, como
se señaló arriba, comenzó con dos facultades la de
Derecho y la de Medicina, pero “la enseñanza era
absolutamente teórica y las prácticas hospitalarias
hechas en el único hospital que tenía la Conferencia
de San Vicente de Paúl, eran muy escasas” (Achig,
2007, p. 56).
Esta situación de falta de recursos, de
profesionales y sobre todo de desconanza de la
sociedad local a estas formas de medicina, se narra en
Los idrovos:
Cierto que el Hospital se reducía a dos
enormes salas oscuras y antihigiénicas,
depósitos de toda clase de enfermedades;
que la incipiente cirugía menor esperaba el
advenimiento de la anestesia y de la asepsia;
que las boticas eran escasas y pobres; que
la dentistería estaba aún en manos de los
barberos y la tocología en las de comadres
viejas hábiles por la edad y la experiencia
en estas atenciones; pues a excepción de las
obstetrices Manuela Mogrovejo, Rosario
Cisneros y Teresa Ramírez, no había otra
128
graduada en la provincia; que la Sanidad
desinfectaba la ciudad quemando hojas de
eucalipto en las calles y las habitaciones
incinerando azufre y amontonando altamiza
y ruda; que el curandero era señor de vidas
y vinculaba a ciertos apellidos ramos enteros
del arte de curar y eran lumbreras campesinas
los reductores de luxaciones y compositores
de huesos rotos; todo esto era verdad (Aguilar,
1997, p. 425).
Por otra parte, la enfermedad era recibida como
un accidente divino. María Carmen Durán declara:
“Hallándome enferma en cama con el accidente que
su divina Magestad se ha servido comunicarme
(ANH/C, Libro 597, folios 338-339). La actitud
de agradecer a Dios da cuenta de una imagen de
resignación cristiana, que ha aceptado los designios
divinos como un camino a la eternidad. Asimismo,
se debe agregar que, para el caso de las mujeres,
sus cuerpos y el tratamiento de las enfermedades,
el silencio y el ocultamiento ha formado parte sus
historias, pero en diálogos de saberes han sido
compartidos con parteras y curanderas. Lo que sí
podemos conocer de la enfermedad son algunos
estados como “debilidad, “hinchazón” o algún tipo
de “parálisis. En los testamentos de Carmen Correa,
Gertrudis Rivera, Isabel Reyes y Mercedes Sánchez,
se lee: ella no rma “a pesar de saber hacerlo, en
virtud de que por su extremada debilidad no puede
manejar el brazo derecho” (ANH/C, Libro 595, folios
41-43v). En este sentido, solo cuando la enfermedad
era evidente y se visibilizaba frente al escribano y los
testigos, y en el caso de que impidiera la realización
de algo concreto, como la rma, era descrita o
especicada. En un estudio de la primera mitad del
siglo XIX en Argentina, para la realización de un
censo de población, se señala que las enfermedades
que impedían la movilización parcial o total de las
personas eran mayormente registradas en relación con
el servicio militar y el trabajo, incluido el doméstico
(Ghirardi y Ribotta 2013). Veinticinco testadoras se
encuentran enfermas con las expresiones: “enferma en
cama, “enferma, “enferma del cuerpo, “gravemente
enferma, “hallándome enferma del cuerpo aunque no
de gravedad pero en mi juicio, “enferma del cuerpo
pero en mi juicio, “con mi salud algo quebrantada.
Tabla 2
Estados de salud
Estados de salud testadoras %
Sanas 7 15.90
Enfermas 25 56.81
No dicen 12 27.27
Total 44 99.98
Nota. Archivo Nacional de Historia de Cuenca (ANH/C).
Fondo Notarías.
En general, la enfermedad de las testadoras
no era descrita o especicada, pero a partir de los
matices en las expresiones es posible conocer grado
de padecimiento. De este modo, las enfermedades
eran ligeras o graves: “con mi salud algo quebrantada,
enferma, “enferma en cama” y “gravemente enferma.
Por otro lado, se construyen dos momentos y
condiciones: algunas otorgantes están “en pie” y otras,
enfermas en cama. Estas descripciones nos llevan a
imaginar su estado, las primeras quizá mantenían su
vida sin cambios drásticos; mientras que las segundas
son retratadas en el lecho de su muerte.
Cuando una testadora se encontraba sana
constan las expresiones: “en pie, “buena y sana,
en perfecto estado de mi salud” y “se encuentra sin
enfermedad. Siete testadoras se encontraban buenas
y sanas lo que equivale al 15.90%; sin embargo,
12 mujeres no dijeron nada al respecto. En total
podemos armar que un 43.18% de las testadoras
no estaban enfermas al momento de testar. En este
sentido, al referirnos a la enfermedad y la salud, la
primera es manifestada con diversas frases, diferentes
tipos y grados, pero se mantiene una constante, la
enfermedad es corporal y no mental. Es decir, a pesar
de los achaques del cuerpo, las mujeres estaban en su
pleno juicio.
Arteaga, M. T. y Quichimbo, F. Rev. Educ. Art. y Com. Vol. 15 Nro. 1, Enero - Junio 2026: 121 - 131
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ISSN: 2602-8174
Sanas Testadoras
"buena y sana 4
en pie 2
en perfecto estado de mi salud 1
Enfermas
Enferma 11
enferma en cama 7
enferma de cuerpo aunque no de
gravedad pero en mi juicio
1
enfama de cuerpo pero en mi juicio 2
enferma en cama pero en mi sano
juicio
2
con mi salud algo quebrantada 1
enfema de cuerpo 1
Tabla 3
Expresiones de los estados de salud
Nota. Archivo Nacional de Historia de Cuenca (ANH/C).
Fondo Notarías.
Estos resultados no son simples datos
estadísticos, sino evidencian cómo la enfermedad
se inscribe un discurso que articulan cuerpo,
espiritualidad y género. La insistencia en aclarar que,
pese a la enfermedad, la persona está “en juicio” o “en
mi sano juicio, responde la necesidad de legitimar el
acto testamentario. Además, revela que la enfermedad
se percibía como un estado que no anulaba la agencia,
pero, sí marcaba un momento crítico que justicaba
ordenar bienes.
Otra forma de acercarnos a este tema es con las
tasas de mortalidad infantil. Los niños representaban
una proporción elevada de las personas que morían
de enfermedad durante el siglo XIX, y más aún las
niñas (Cowen, 199). De los 128 hijos que se registran
en los testamentos, 46 han muerto; además, de las 31
testadoras con descendencia, el 64.51% ha perdido
hijos. Estas cifras no son exactas ya que María Asunción
Torres declara “fui casada con el nado señor Mariano
Coronel y tuvimos: a Melchora, Mercedes y Marciano,
aparte de otros que fallecieron en la infancia, sin dejar
sucesión” (ANH/C, Libro 595, folios 188v-190v), igual
situación sucede con Gertrudis Rivera. Además, sería
necesario contar con un censo y una base documental
más amplia; sin embargo, la muestra nos da una idea
de la cantidad de niños que morían en el interior de
una familia. En las tres primeras décadas del siglo
XX en Quito: “El 31% de los nacidos morían antes
de cumplir los veintiún años…morían 1.300 niños
menores de tres años, el 69% de los fallecidos era de
“la clase inferior” (Kignman, 2006, p. 107). Mientras
que en Cuenca para nales del XIX, de acuerdo con
los testamentos, el 64.02% de los hijos sobreviven.
Hay 3 casos en los cuales el número de hijos
muertos sobrepasa al de los vivos. María Natividad
Tigsi y Vázquez señala: “tuvimos y procreamos por
nuestros hijos legítimos: María Manuela, Rosalino que
existen hasta el día; Vicenta, Juan, Pedro, José Antonio,
Juan Pantaleón, María Dolores estos fallecieron sin
dejar sucesión alguna” (ANH/C, Libro 595, folios
428-430); lo mismo vivió Manuela Ochoa Merchán y
Mercedes Megia. Cuando los hijos morían y dejaban
sucesión, los nietos eran los herederos legítimos de
sus fallecidos padres. Por ejemplo, en el testamento de
Rosa Galarza, Dominga García y Manuela Carpio.
CONCLUSIONESCONCLUSIONES
La enfermedad en el siglo XIX se presenta
como un fenómeno que articula dimensiones
sociales, económicas, espirituales y de género. Las
dolencias —viruela, sarampión, ebre amarilla,
cólera, disentería— no solo afectaron la salud
individual, sino también la organización doméstica y
las relaciones familiares, especialmente en contextos
donde las mujeres debían reorganizar la economía del
hogar para costear tratamientos y cuidados.
Los testamentos femeninos revelan una
conciencia clara del cuerpo enfermo y su vínculo con
la espiritualidad: las testadoras se describen “enfermas,
pero en su sano juicio, lo que subraya la necesidad de
legitimar su voluntad y su agencia, incluso en medio
del padecimiento físico. La enfermedad se nombra de
modo general —“achaques”, “males, “debilidad”—,
lo que reeja tanto la limitada medicalización de la
época como la persistencia de saberes populares y
religiosos, donde la dolencia se concebía como un
accidente divino.
130
El cuidado, en este contexto, se entiende como
un acto moral y afectivo que involucra a familiares,
sirvientes y guras religiosas, y que muchas veces
se retribuye en los testamentos. Asimismo, la
precariedad sanitaria, la falta de infraestructura
médica y la desconanza hacia la medicina cientíca
muestran una sociedad que aún transita entre el
curanderismo y las nacientes prácticas modernas de
salud pública. Finalmente, la alta mortalidad infantil
y la vulnerabilidad del cuerpo femenino evidencian
que la enfermedad no solo afectaba la vida biológica,
sino que moldeaba la memoria familiar, el ejercicio
de la voluntad y las jerarqas de género. En suma,
la enfermedad fue un espacio donde se cruzaron el
cuerpo, la fe, el cuidado y la economía doméstica,
congurando un modo particular de vivir y narrar el
dolor en la sociedad cuencana del siglo XIX.
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Archivo consultado:
Archivo Nacional de Historia de Cuenca (ANH_C).
Fondo Notarías.
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