Ascona-Briceño et al.
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4. Discusión
La presente sección examina e interpreta los hallazgos del estudio sobre la relación entre la inteligencia emocional y la salud
mental en jóvenes universitarios pertenecientes a una institución privada de Lima Norte durante el año 2025, contrastándolos con
la evidencia empírica previa y analizando sus implicaciones en el contexto de la educación superior.
El objetivo principal de la investigación fue analizar la asociación entre la inteligencia emocional (IE) y la salud mental (SM). Los
resultados obtenidos mediante la correlación de Spearman evidenciaron que no existe una relación estadísticamente significativa
entre ambas variables (rₛ = −0.014; p > .05), observándose un predominio de niveles medios tanto en inteligencia emocional
(49.9%) como en salud mental (51.4%). Este hallazgo no respalda la hipótesis planteada inicialmente; sin embargo, el valor del
coeficiente cercano a cero sugiere una independencia práctica entre ambas variables en la población estudiada. Una posible
explicación radica en la escasa variabilidad observada, dado el predominio de niveles intermedios, lo cual limita la capacidad
estadística para detectar asociaciones significativas. En este rango medio, el efecto protector de la inteligencia emocional podría
no manifestarse de manera suficiente como para influir en la reducción del malestar psicológico.
Asimismo, factores contextuales propios del periodo evaluado, como el estrés académico, las responsabilidades familiares y otros
determinantes psicosociales, podrían estar actuando como variables confusoras o predominantes, influyendo de forma más directa
en el estado de salud mental de los estudiantes y atenuando el posible efecto de la inteligencia emocional. Estos resultados
refuerzan la complejidad del fenómeno de la salud mental en el ámbito universitario y la necesidad de abordarlo desde un enfoque
multifactorial. El análisis por dimensiones mostró que la percepción emocional presentó la asociación más alta, aunque no
significativa, con la salud mental (rₛ = −0.028; p > .05), seguida de la comprensión emocional (rₛ = −0.016; p > .05). En contraste,
la dimensión de regulación emocional evidenció una correlación positiva mínima y no significativa (rₛ = 0.004; p > .05), resultado
que resulta contraintuitivo frente a los modelos teóricos que consideran la regulación emocional como un factor clave en la
prevención de síntomas ansiosos y depresivos. Esta asociación positiva, aunque estadísticamente irrelevante, podría interpretarse
como un indicio de que los estudiantes que intentan regular sus emociones son precisamente aquellos que experimentan mayores
niveles de malestar, sugiriendo un uso reactivo o poco eficaz de las estrategias de regulación emocional, o bien una discrepancia
entre la percepción de la habilidad reguladora y su aplicación efectiva en situaciones de alta exigencia académica. Debe
considerarse que el diseño transversal del estudio limita la inferencia de relaciones causales, y que el uso de instrumentos de
autorreporte podría introducir sesgos de percepción. No obstante, la alta consistencia interna de los instrumentos empleados,
evidenciada por los coeficientes Alfa de Cronbach para inteligencia emocional (0.869) y salud mental (0.915), respalda la fiabilidad
de los datos obtenidos.
A pesar de la ausencia de relaciones estadísticamente significativas, se recomienda que las universidades privadas de Lima Norte
implementen programas y talleres orientados al fortalecimiento de las competencias emocionales, especialmente la regulación
emocional, considerando la evidencia previa que destaca su relevancia para el bienestar psicológico. Asimismo, se sugiere el
desarrollo de investigaciones longitudinales y con modelos multivariados que incorporen variables moderadoras, como la carga
académica percibida, el apoyo social y otros estresores psicosociales, dado que estos factores podrían estar enmascarando la
relación directa entre la inteligencia emocional y la salud mental, explicando el resultado nulo observado en el presente estudio.
5. Conclusiones
La presente investigación, realizada en estudiantes de una universidad privada de Lima Norte durante el año 2025, concluye que
no existe una relación estadísticamente significativa entre la inteligencia emocional y la salud mental, evidenciada por un
coeficiente de correlación de Spearman prácticamente nulo (rₛ = −0.014; p > .05), lo que indica que ambas variables se comportan
de manera independiente en la población estudiada, contradiciendo la hipótesis inicial que postulaba un efecto protector de la
inteligencia emocional sobre el bienestar psicológico. Este resultado puede explicarse, en parte, por la predominancia de niveles
medios tanto de inteligencia emocional (49.9%) como de salud mental (51.4%), lo cual reduce la variabilidad necesaria para
detectar asociaciones significativas. Asimismo, el análisis de las dimensiones de la inteligencia emocional reveló que ninguna de
ellas —percepción, comprensión y regulación emocional— se asoció de manera significativa con la salud mental, siendo la
percepción emocional la que presentó la correlación negativa más alta, aunque débil (rₛ = −0.028), y la regulación emocional la
más baja y de signo positivo (rₛ = 0.004), lo que sugiere que la autopercepción o el esfuerzo por regular las emociones no
necesariamente se traduce en una disminución efectiva del malestar psicológico en este contexto. Finalmente, los hallazgos indican
que la salud mental de los estudiantes universitarios está influida por múltiples factores contextuales, como la carga académica y
los estresores psicosociales del entorno, por lo que su abordaje requiere un enfoque multifactorial que trascienda el
fortalecimiento exclusivo de las competencias emocionales.
Conflicto de intereses: Los autores declaramos no tener conflicto de intereses
Financiamiento: El presente artículo fue financiado por los autores.